martes, 27 de octubre de 2015

Miradas (Capitulo III de "Existencias Veladas")


Acelero  levemente mi paso y me siento  en el taburete casi con fuerza. Estoy pasando  del  temor al mal humor o una extraña mezcla de ambas cosas.
Le lanzo una mirada fulminante, como retándolo, lo mejor que me sale para mantenerla. Pero bajo la cabeza, para disimular miro el vaso, lo tomo con mi mano derecha.
-¿No tenés algo mejor que agua como desayuno?- le espeto aun sin mirarlo. Pero él hace un chasquido con la boca, que provoca que vuelva a fijar la vista en su cara ¿Se está riendo?, en apariencia tiene una incipiente sonrisa.
Está vez él mira hacia abajo, su expresión es como si recordara algo.
-Siempre tomas un vaso con agua mineral todas las mañanas antes de cualquier otra cosa- me dice mientras se da vuelta y agarra una fuente que contenía dos tostadas, manteca, mermelada de frutos rojos y jugo de naranja natural. La cual coloca al lado del vaso, quedo estupefacta, ese es mi desayuno de preferencia.
Rodea el desayunador, se coloca atrás mío, apoyando su mano derecha en mi hombro derecho. Puedo sentir como mi cuerpo se tensa por su cercanía, y para agravarlo aproxima su rostro al mío desde atrás.
-Se que vas a degustarlo- susurra acentuando cada palabra. Noto que él disfruta mucho de la situación.
Mi cuerpo traicionero reacciona a suyo. Ofendida conmigo misma, con un movimiento que roza lo brusco me deshago de su mano en mi hombro y volteo para mirarlo de frente.
-¿Qué hago acá? ¿Y quién es usted?– le pregunto firmemente.
-Desayuná, vuelvo en diez minutos. Luego vemos. – A modo de respuesta, mientras toma rumbo hacia un pasillo.
-Y se fue no más.- exclamo, casi como una niña malcriada.
Miro ese desayuno. Me quejé por el agua, pero todo es muy extraño como para ponerme a desayunar en la casa de un desconocido sacado de una cueva. Una cueva... me quedo pensando mientras tomo el jugo de naranja y me paro a mirar a mí alrededor.
-Bueno, un vampiro no es; acá hay mucha luz-. Hablo conmigo misma, como si eso me hiciese compañía. Debo observar los detalles, algo me tiene que dar información.
Todo tiene esos todos blancuzcos e insípidos, todo muy limpio y ordenado. Sí, nada que ver con un vampiro.
Hay un escritorio en el extremo ¿vacío? ¿Ni una computadora? Puede tener una en otro lado o ser de esas personas paranoicas que no tienen nada de tecnología; casa de hippie no es; más probable lo del vampiro a que ese fuese hippie.
Pero esta no es su casa, acá no vive nadie. Eso no es una cocina con todas las letras. Debe ser un hotel.
¿Para qué me llevó a un hotel?
¿Estoy secuestrada? Bueno, eso puede ser. Y mi cuerpo sufre de Estocolmo*. Pero no me siento así, pero es, creo, la cercana realidad. ¿Pero un hotel? Si yo me secuestrara me metería en un sucucho. Bah, supongo que eso depende de lo que pretenda del secuestrado.
La ventana… El mirar la calle por ahí me podría dar una idea de la zona en la que estoy.
El sol matinal pelea con los hijos de las cortinas por hacerse un lugar para poder entrar, no deben pasar las 9 am.
Coloco una mano para agarrar la elegante tela bordada y un poco de luz me da cara, acariciando mi piel con su suave calor otoñal.
-Estás en pleno centro de Buenos Aires, ese murmullo apagado es el ruido infernal de Diagonal Norte- Me informa parado con las piernas levemente separadas y los brazos apoyados en la cadera. Lo miro de reojo, sin apartar la cara de la ventana.
-Ustedes no tienen cura. No sé como no lo noté antes. Sos de una fuerza- Le dije sin inmutarme.


*Síndrome de Estocolmo